Cuando se tiene una pasión, el mundo gira entorno a ella. Cuando se tienen varias y se juntan, se crea un universo completo. Una que es apasionada y un poco viciosa, trata de unirlas y cuando se consigue, ¡uf!, tiembla hasta el asfalto. Entro en órbita olfativa ante determinados aromas, y determinados perfumes me transforman, me llevan a otros mundos, me traspasan… La textura, el calor, la suavidad de los pechos femeninos me vuelve loca. Anoche pude unir ambas pasiones.
En medio de una fiesta vertiginosa, donde la mirada no podía descansar ante tanto cuerpo excelente, tanta piel, tanta mirada cargada de lujuria, tanto arnés, látex y provocación, de pronto descubrí, aprisionados entre dos tiras de cuero, unos pezones que invitaban a ser lamidos, besados y comidos. Me acerqué a su encantadora propietaria y, sin mediar palabra, los prendí entre mis labios. De esa piel morena, de esa protuberancia endurecida, caliente y suave, emanaba un tenue aroma a Miyake, uno de los pocos perfumes que me eleva, mezclado con su propio aroma, el de su piel. Me emborraché, exploté con aquella mezcla.
Más tarde, después de visitar otras pieles, otras bocas, otros aromas, otras delicias, recorría la sala cuando mi nariz me hizo parar en seco: una nueva piel, unos pezones endurecidos y oscuros, coronando un pecho adolescente. Un pecho ofrecido a mi boca que anunciaba de nuevo sensaciones muy estimulantes. De nuevo Miyake, pero esta vez diferente, mezclado con otro olor, adornando ese cuerpo delgado y cargado de fascinación.
Hubo muchos otros perfumes, mucho deseo, pero aquellas dos mujeres quedarán para siempre en mi memoria como si un quijote lesbiano fuese recibido en una casa de té en lo más profundo de Tokio. Gracias por la excelencia.